Untar las raíces de una planta con una mezcla viscosa para impedir, por una parte, que se deshidraten y, por otra, para potenciar la aparición de nuevas raíces secundarias, lo que facilita el arraigo. Antiguamente, los jardineros fabricaban el abono mezclando tierra, estiércol y agua. Hoy en día se comercializan abonos que ya están preparados para diluirse en agua. Si carece de él, puede preparar una especie de barro líquido a partir de la tierra del huerto. En cualquier caso sumerja las raíces en la mezcla, remueva para que se impregnen bien y plante de inmediato. Puede embarrar todas las plantas con las raíces desnudas, ya que este tratamiento les proporcionará múltiples beneficios.