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Ciclos Cósmicos

La teoría de los Ciclos Cósmicos está desarrollada en formas diversas por todas las doctrinas tradicionales, pero particularmente y con mayor claridad, por la doctrina hindú.

En su dimensión temporal, lo manifestado tiene un ritmo cíclico que implica a todo el orden cósmico. Un ciclo de manifestación universal se cierra en sí mismo. Pueden distinguirse en él distintos períodos. Según las doctrinas tradicionales, un ciclo cósmico aplicado al orden humano y llamado Manvantara de acuerdo a la doctrina hindú, se compone de cuatro Yugas o Edades. Cada Edad implica una decadencia progresiva respecto de la precedente, debido a su alejamiento gradual del «estado primordial» o esencial. Esta concepción se opone a la moderna idea de progreso. Lo que en realidad ocurre es que el desarrollo cíclico supone un alejamiento cada vez mayor del principio espiritual de unidad originaria.

En resumen, según las doctrinas tradicionales, el tiempo no es algo que se desarrolla como una línea recta, o sea uniformemente. La concepción real del tiempo representa a éste como cíclico. Se trata de un tiempo calificado, y no de un tiempo cuantitativo como lo pretende la simplificación extrema propia del espíritu moderno.

«Todas las doctrinas tradicionales, bajo distintas formas simbólicas, con un ropaje oral o literario diferente, y de manera más o menos explícita o velada, enseñan que el desarrollo en el tiempo de la manifestación universal y con ella el de la humanidad presente se ha cumplido y se cumplirá siempre en forma cíclica y no rectilínea como pretenden algunos esquemas superficiales. A medida que se avanza en el ciclo, se va produciendo una decadencia espiritual cada vez más acelerada hasta llegar a la materialización más absoluta y la posterior disolución del mundo sensible cuando aquélla ha llegado al máximo posible. A lo largo del ciclo la sabiduría originaria o «logos primordial», de la cual todos los hombres participaban, se va cubriendo de velos que la ocultan a los ojos de la mayoría. Además se produce una verdadera atomización en el mundo sustancial y humano, con una diversificación cada vez más acentuada de su pluralidad material, alejándose ese mundo progresivamente del polo esencial o espiritual de la manifestación» (V. A. Biolcati, La Edad Crepuscular)

De acuerdo con la cosmología la representación rectilínea del tiempo es inexacta. El tiempo es cíclico, volviéndose periódicamente al punto de partida como lo expresan todas las tradiciones conocidas. No nos referimos, por supuesto, al tiempo astronómico o medido según una convención, sino al tiempo cosmológico, que es un tiempo cualitativo o sea esencial. Los acontecimientos desarrollados en el tiempo de los relojes son reales, pero a su vez dramatizan simbólicamente un campo de conocimiento donde tanto el espacio como el tiempo devienen calificados.

«El cristianismo, como todas las tradiciones, mantiene una concepción cíclica del devenir, por lo que no hay ningún progresismo intrínseco en él. Otra cosa es la desviación moderna de esta forma tradicional, que comienza en el Renacimiento y llega a su colmo en la actualidad, aceptando muchos de sus representantes la idea del progreso o evolución, en el sentido moderno de la palabra. La Reforma, especialmente, acoge y difunde esta concepción lineal y progresista de la historia. En los textos canónicos cristianos, encontramos una consideración cíclica de la historia, como se ve especialmente en el Apocalipsis, libro que cierra la Revelación cristiana, de carácter cosmológico, estrechamente ligado a la exposición de los tiempos finales que terminan, sin embargo, con un nuevo ciclo: «Vi un cielo nuevo y una nueva tierra». Igualmente, en las Epístolas de san Pablo, ser recoge esta doctrina. San Pablo dice vivir en los «tiempos finales» y la venida de Cristo significa la Plenitud de los tiempos, lo que posteriormente ha llevado a confusión, ciertamente, puesto que plenitud quiere decir culminación, lo que viene a continuación no puede ser más que decadencia, y así lo entendían los antiguos. La concepción cíclica es también evidente en la liturgia, que es de desarrollo completamente cíclico, y que se basa además en el ciclo astronómico lunar. Desde los primeros siglos, los Padres de la Iglesia, dividen la historia en seis o siete períodos que se relacionan con los días de la Creación y con los sellos del Apocalipsis. Honorio, por ejemplo, compara el proceso de la Iglesia con la vida de un individuo, definiendo los diferentes estadios desde la infancia hasta la decrepitud, que precederá al fin de este mundo. nada más alejado, pues, del progresismo. En la Edad Media, Anselmo de Havelberg, explicita toda una ciclología de la humanidad, a la que compara con el ave Fénix por sus renovaciones periódicas tras las degradaciones de rigor. Desde san Agustín, que en su Ciudad de Dios habla del saeculum senescens hasta Arnau de Vilanova es ésta la concepción cristiana, que incluso durante mucho tiempo se enseño en el catecismo.» (Letra y Espíritu nº 5)

«El plano de la manifestación en su transcurrir permanente es la resultante, sin principio ni fin, del equilibrio que conjuga la espontánea irradiación de lo Absoluto con las acciones humanas, egoístas o despojadas de deseo que obstaculizan o dejan libremente expandirse la iluminación divina. La acción, por lo tanto, es el motor de la historia, una historia que es más que humana, historia del cosmos. De la composición mutua, por lo demás, de la luz y de la tiniebla, de la vecindad o lejanía de lo Absoluto, en cuyo equilibrio la libertad del hombre desempeña la función fundamental, se va cristalizando el desarrollo orgánico de un ciclo total de la manifestación cósmica que comprende (según la tradición hindú) catorce ciclos menores, correspondientemente ordenados, y en proceso espiralado e indefinido de siete ciclos descendentes y siete ascendentes. Los cuatro yugas de la tradición hindú, las edades del mundo, no son más que períodos mínimos pertenecientes al ciclo menor en el que actualmente vive la humanidad, el último septenario descendente, y como período cíclico, el Kali Yuga, la edad de hierro u oscura, el último también de este ciclo» (F. García Bazán, René Guénon y el Ocaso de la Metafísica)

Enlace permanente: Ciclos Cósmicos - Fecha de creación: 2014-12-25


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